Curó sus grandes heridas, que eran dos, cuidadosamente, tiernamente.
Lo que había sido un bordado de belleza y de vida, era ahora un cosido aséptico e impersonal.
Curó esas dos grandes heridas, disimulando el dolor. Sabiendo que tendría que curar otras nuevas. Constriñendo la rabia. Cuestionando a Dios.
Y a la vez, agradeciendo el tiempo permitido. Transmitiendo vida con sus manos prodigiosas.
Amándola.
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